SILENCIO A DUO
Por: Perseo y el Espejo
Un silencio de ultratumba, enormemente prolongado, resonaba entre ambos. Uno de esos silencios tan largos que solamente dos viejos amigos que han pasado por todo juntos pueden soportar.
—Bueno, venga, dime, ¿cómo estás?
—Pues, hombre, ya puedes imaginarte. Nada agradable. Al principio fue muy, muy duro. Brutal, diría. Luego… la verdad es que ahora ya me encuentro muy bien. Tranquilo. Yo incluso diría que radiante, jajajaja. Un cambio a mejor, sin duda.
Otro largo silencio, sin que ninguno de los dos encontrase nada que decir. Nada interesante. Tampoco nada anodino. Dos mentes que miran sin ver, que escuchan sin oír, paralizadas de complicidad.
—¿Te acuerdas de don Vicente, el director? Sus clases de francés eran increíbles… igual que sus capones.
—¡Vaya si lo recuerdo! aunque yo nunca recibí uno. De hecho, creo que, si ahora hablo tan bien francés, es por la base que él nos dio entonces.
—¡Yo tampoco! Supongo que éramos los más empollones. O los más sumisos, no sé bien qué éramos. ¿Qué somos ahora?
—No lo sé, pero no voy a dedicar un minuto a pensarlo, dadas las circunstancias.
Un corto pero significativo silencio separó este diálogo del siguiente.
—La vuelta a casa, ya de noche, después de la clase de inglés en la academia, con parada intermedia en la pastelería.
—Sí, tú, con tu cruasán y yo, con mi tortel. Tremendos. No nos duraban ni una manzana.
Un gran silencio. Largo, esta vez. Reflexivo. Nostálgico.
—Esos paseos por la calle Cánovas. Intentando ligar ofreciendo fuego a chicas que no lo necesitaban para nada.
—Y que no nos comíamos una rosca ni en los guateques de la casa de tu tía.
—Sí, y esas canciones de Leonard Cohen, con las que sacabas a bailar a una, a ver si había suerte. O de Cat Stevens. No como las de ahora, que parecen todas la misma.
—Excepto las de Camilo.
—Sí, es de los pocos.
Ambos recuerdan haber comentado no hace tanto lo tonta que era la letra de una de sus canciones: «No es vida de rico, pero se pasa bien rico».
—Rima consonante a hachazos. Si Quevedo llega a oírla, se hace íntimo de Góngora.
—¡Toma ya! Me has recordado cómo declamaba el MariTere en quinto: «Como se arranca el hierro de una herida, su amor de las entrañas me arranqué, aunque sentí al hacerlo que la vida, me arrancaba con él.»
—¡Qué horterada!
—Ya… pero nos la sabíamos entera.
En este momento, los dos se pasaron la mano por las mejillas. Una tras otra. La mano y la mejilla.
La broma se les apagó en la boca. Por un instante, los versos quedaron flotando en el aire como si no fueran de nadie; o de toda la Humanidad. Entonces uno de ellos bajó la voz hasta decir en un susurro, moviendo lentamente la cabeza de lado a lado y apretando los labios:
—Cuánto lamento no haber podido ir al hospital a visitarte antes de…
El otro no pudo ya responder.
Ni un gesto, ni un murmullo. Solo silencio.
Un silencio que no era esta vez pausa ni complicidad, sino un abismo. Esperó desesperadamente, conteniendo la respiración. Y al fin reparó: estaba hablando solo.
Desde entonces, lo único que quedó entre ellos fue el propio silencio, obstinado, eterno. Y el recuerdo.
A Ana, DEP
