La aspiración imposible de Milanovic
El problema no es que Branko Milanovic se equivoque en esta entrevista. Es que su respuesta final no podría sobrevivir al propio análisis que él mismo hace del capitalismo.
Branko Milanovic es uno de los economistas más rigurosos que trabajan hoy sobre desigualdad. Por eso sorprende que su respuesta final en una entrevista reciente en The Objective suene tan poco rigurosa.
Preguntado por el modelo ideal de Estado, responde: un régimen muy socialista en el acceso a la sanidad, la educación y las necesidades básicas; que controle la desigualdad mediante la fiscalidad; y que al mismo tiempo estimule el trabajo duro y la innovación.
El problema es que esos tres objetivos tienen fricciones internas que no se resuelven con buenas intenciones.
La innovación necesita desigualdad de resultados. El emprendedor asume riesgo porque el premio potencial es desproporcionado al esfuerzo. Si la fiscalidad comprime ese premio, el cálculo cambia. El propio Milanovic lo reconoce en una prespuesta anterior cuando señala las “fabulosas fortunas” de los emprendedores chinos y americanos como ventaja competitiva frente a una Europa que trabaja poco e innova menos.
El trabajo duro necesita que el esfuerzo tenga retorno visible. Los sistemas de alta redistribución tienden a comprimir los incentivos en los tramos medios —exactamente donde reside la clase media productiva que en otro pasaje de la misma entrevista describe como la gran perdedora de las últimas décadas.
La igualdad sostenida necesita crecimiento previo. Los estados de bienestar generosos —Suecia, que es el ejemplo que él mismo pone— construyeron sobre una base previa de alta productividad y acumulación de capital, desarrollada durante décadas, antes de redistribuir a esa escala. No son el punto de partida. Son el resultado de condiciones históricas irrepetibles.
Lo que Suecia demuestra no es que socialismo e innovación sean compatibles por diseño. Demuestra que un mercado muy eficiente y desregulado en lo productivo, combinado con redistribución fiscal agresiva en la fase de consumo, puede funcionar durante un tiempo. Pero Suecia lleva décadas moderando ese modelo —privatizaciones, reforma de pensiones, reducción de tipos marginales— precisamente porque los límites fueron apareciendo.
La aspiración de Milanovic es humanamente comprensible. Como sistema coherente y duradero, no existe. Lo que existe son equilibrios temporales que se renegocian según quién gana las elecciones y cómo evoluciona la economía subyacente.
Quizá el problema no sea encontrar el modelo correcto.
Sino aceptar que cualquier modelo que funcione lo hará a costa de perder algo que preferiríamos conservar.

